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La presencia más visual del tres en la catedral es la de su factura arquitectónica, es catedral de tres naves, A su vez, la catedral puede ser percibida como la conjunción de tres iglesias. Una es la primera que se construyó. La llamada Capilla de la Trinidad, allá arriba, al fondo, donde se guardan los mausoleos de les reyes. La segunda comienza cuando la anterior se ensancha y sube, la llamada Capilla Real, donde está ahora el altar y presbiterio. La tercera surge cuando la construcción se triplica y aparece el edificio de las tres naves.
Tres son, entrando por el portal mayor, los rosetones, uno tras otro, y el que se encuentra en el medio a su vez está en medio de otros dos que se encuentran en las naves laterales. Tres son los lampadarios más relevantes, el de las siete lámparas sobre la cátedra episcopal, el de la corona octogonal del baldaquino sobre el altar mayor y el de la lucerna cónica truncada en el centro de la nave central.
El número tres no es en absoluto extraño al patrimonio cultural de la Iglesia. Los cristianos adoran un Dios trinitario – Padre, Hijo y Espíritu Santo -, y tres son sus virtudes teologales – fe, esperanza y caridad- . No sólo el patrimonio cultural cristiano se ha ido construyendo, en parte, sobre el paradigma del tres. La antigua civilización celta cuenta con las tres espirales del Kristel, Dante dividió en tres partes la Divina Comedia, son famosas las tres leyes de Newton.
La gran reforma que el Obispo Campins propuso a Antonio Gaudí se formuló a través de una triple encomienda: conseguir un altar para Dios, una cátedra para el obispo y un gran espacio para el pueblo.
La Catedral es mundialmente conocida por títulos bien merecidos: catedral del mar, catedral de la luz, y a partir de ahora lo será por un tercero, catedral de la eucaristía. Ninguna catedral en el mundo tan bordeando el mar, ninguna tan abierta a la radiante luz del Mediterráneo, y desde ahora, ninguna catedral ofreciendo al mundo una catequesis tan completa, tan gráfica y tan monumental sobre el misterio de la Eucaristía, al fondo de sus tres naves, en un impresionante tríptico. El visitante, situado en el centro del templo, lo podrá admirar dirigiendo su mirada hacia la capilla del Corpus Christi, obra barroca de Blanquer. Continuando por el centro, mirando el altar mayor encuadrado en el modernismo, obra de Gaudí. Y finalizando a la derecha, la capilla del Santísimo, arte actual, obra de Barceló. Un tríptico único en el mundo por este triple motivo: por la unicidad de la temática a pesar de los años transcurridos entre unas y otras obras, por la convergencia de los tres autores en tratarlas, aun con estilos distintos, en idéntica exhuberancia de formas, y por la autoría de cada una de las tres partes del tríptico, artistas de máximo relieve en sus respectivas épocas.
El paradigma del tres se halla igualmente presente en cada una de las partes del tríptico. El retablo de la capilla del Corpus está constituido por tres cuerpos horizontales y otros tres verticales. La piedra del altar mayor está sostenida por tres filas de columnas, tres a lo largo y tres a lo ancho. Y la intervención de Barceló se ha estructurado en tres partes distintas que requieren tres artes distintas: cerámica, mobiliario litúrgico y vitrales. Y la obra en cerámica es, a la vez, un tríptico con tres frescos que expresan tres grandes temas: en la parte izquierda, el mar, en la otra, la tierra, y en la central, la humanidad, incorporando así los tres grandes frutos de la naturaleza: los panes y el vino - frutos de la tierra -, los peces y las algas - frutos del mar - y el hijo del Hombre, el fruto por antonomasia de la creación.
El autor se ha podido inspirar en tres fuentes bíblicas muy emblemáticas, las bodas de Caná, la multiplicación y el reparto de los panes, y la cena pascual. Toda la obra queda presidida por un mismo Señor: en el altar hecho pan para todos, algo más arriba, el sagrario hecho reserva para los enfermos y culto para adoradores, y, más arriba, el Resucitado hecho vida vertida sobre las innumerables calaveras abajo situadas. Unas pinceladas rojas verifican que este resucitado era “el antes crucificado”, puesto que remiten a las cinco llagas de sangre gloriosa que el autor ha situado en un triple nivel, el de los pies juntos, el de las manos extendidas en el centro y el del corazón, más arriba.
En la Capilla del Santísimo se contemplan, vigorosas e inquietas, tres líneas de fuerza: la vertical del hambre que hunde al hombre, la vertical de Cristo que, resucitado, lo asciende, y la horizontal del mensaje evangélico que asienta a los hombres en la mesa que los iguala.
No es la única forma de ver la catedral, la de verla bajo el signo del tres. Tampoco aquí quedan referidos todos los tres de la catedral. |