| LA MULTIPLICACIÓN DE PANES Y PECES SEGÚN EL EVANGELIO DE SAN JUAN (Jn. 6,1-71) | ||||
Lorenzo Tous |
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| Para entender las intenciones del evangelista en este capítulo situémonos en el contexto de las comunidades cristianas primitivas que originan este escrito, con una fe y una tradición particulares que contrastan con la fe y las tradiciones judías. Jesús es proclamado por los cristianos como nuevo Moisés, liberador de su pueblo. La Tierra Prometida hacia la cual su salvación nos conduce es la vida eterna, que consiste en conocer al Padre y al que el Padre envió al mundo para salvarlo. Todo el capítulo 6 se centra en la aparición de Jesús sobre las aguas encrespadas, aparición semejante a una de las del Resucitado: “Soy Yo, no temais” (Jn. 6,21). Jesús se atribuye una vez más la definición de Dios que muestra el libro del Éxodo: “Yo soy” (Éx. 3,14). Los de la barca que zozobra se tranquilizan y alcanzan enseguida la otra orilla. La multiplicación de panes y peces tiene lugar desde el Señor Resucitado como centro, hecho enmarcado entre las idas y las venidas de una multitud que, tanto por tierra como por mar, buscan a Jesús para seguirlo. El nuevo maná llegará a estas gentes enmedio de su proceso de búsqueda, como alimento y como premio a su fe en Jesús. El hecho de cruzar las barcas el lago de Tiberiades recuerda el paso del mar Rojo por el pueblo de Israel. De este modo, el evangelista presentará la Eucaristía como el alimento de los peregrinos de la fe, como la “verdadera comida y la verdadera bebida” (Jn. 6,55). El hecho tuvo lugar cuando “estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos” (Jn. 6,4). Para celebrarla acudían al Templo de Jerusalén judíos llegados de todo el mundo. En la misma primavera y por las mismas fechas, el evangelista proclama la Pascua de Jesús en otro contexto, muy lejos del centro del judaismo, cerca de la frontera con el mundo de los gentiles, con una comida abundante de solidaridad entre los que habían dado pruebas de buscarlo para darle seguimiento. Jesús preside esta abundante comida en un descampado. El evangelista proclama de nuevo la divinidad del Maestro, presentándolo como “el Profeta” (Dt. 18,18), muy superior a los grandes profetas de Israel, pues si Eliseo con cinco panes dio de comer a cien personas (2 Re. 4,42-44), Jesús, con otros tantos panes sacia el hambre de al menos cinco mil personas. La pobreza de un niño le ofreció unos panes cebada y con dos peces, y Jesús los transformó en una riqueza abundante. Antes de este signo, Jesús “pronunció una acción de gracias”, palabra que en las comunidades apostólicas definía la Eucaristía. Con ello se significaba la relación que hay entre ambos signos. Esta relación queda explicitada por el mismo Jesús en el largo discurso, planteado al estilo de una homilía sinagogal, que pronuncia luego en la sinagoga de Cafarnaún. En este discurso Jesús propone la fe en Él, fe promovida por el Padre, como el acceso a la vida eterna. El evangelista entiende que este proceso se inicia, estando nosotros en este mundo, en el momento en que prestamos al Señor nuestra adhesión de fe, por contraste con los judíos, que lo rechazaron. Jesús se define a sí mismo como el pan bajado del cielo, un alimento espiritual superior al maná, el cual no pudo evitar la muerte de los israelitas en el desierto. El que se alimenta de este pan del cielo vive ahora y para siempre con la vida recibida de Dios, a la cual denomina eterna. Con más precisión aún determina qué comida es ésta que da la vida eterna: su “carne” (sarx). Los otros evangelistas, al narrar la institución de la Eucaristía, hablan de su “cuerpo” (soma). Juan cambia la palabra porque “soma” (cuerpo) también se dice de un cuerpo-cadáver, mientras que “sarx” (carne) sólo es aplicable a un cuerpo con vida. No hay duda de que la comunidad de Juan contemplaba en la Eucaristía la persona del Señor Resucitado, alimento de los peregrinos de la fe: “El pan que yo voy a dar es mi carne (sarx), para que el mundo viva” (Jn. 6,51) Todo este tratado sobre la Eucaristía, el evangelista Juan lo completará con otros cinco capítulos después de la Última Cena (Jn. 13-17). En ellos fijará la relación de la Eucaristía con el servicio a los más alejados (Jesús lava los pies a Judas), determinará la misión del Espíritu Santo a partir de su Resurrección y hablará del crecimiento de la comunidad de sus seguidores de todos los tiempos en medio de un mundo adverso. Y en aquella Cena de despedida les confiará especialmente su última voluntad: “Os doy un mandamiento nuevo: que os ameis unos a otros como yo os he amado; amáos así unos a otros” (Jn. 13,34) La Eucaristía y el servicio, el amor y el Espíritu son el fundamento y el testimonio de la vida cristiana. |
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