EL REY SALOMON Y EL ARTISTA BARCELO
 

Joan Bauzà i Bauzà

 

 

 

Uno de los libros más sublimes de la literatura universal es el poema de amor, el Cantar de los Cantares, una joya literaria. Una de las capillas que será mundialmente admirada será la del Santísimo en la Catedral de Mallorca, una obra de arte.

¿Tienen algo en común el libro bíblico atribuido a Salomón y la obra catedralicia de Barceló? Sí, el haber contextualizado su tema en un parque delicioso de naturaleza y de vida, en un jardín pletórico en flora y fauna. En ambas realizaciones, hay una explosión de elementos naturales, una exuberancia de formas para gozo de los sentidos.

El Cantar es un real y carnal cántico abierto a los cinco sentidos corporales. Se le abre a uno hasta el olfato en la lectura: “jardín que huele a alheña, a nardo y azafrán, canela y cinamomo, con árboles de incienso”. El gusto pone el paladar a trabajar: “un panel que rezuma son tus labios, escondes leche y miel debajo de la lengua”. Y así los demás sentidos, como, por ejemplo, el tacto: “tus caricias embriagan más que el vino”. Toda una narración situada entre la flora y la fauna,  en ella se recogen los nombres de lirio, manzano, vid, cedro, palmera, así como los de tórtola, gacela, paloma, cervatillo,  gamo. El libro es literariamente precioso y debe de ser su principal razón el haber abordado el precioso tema del amor, el central de la revelación bíblica.

Cuántas veces a lo largo de mi vida me he procurado el gozo de darle lectura y de otorgarle horas de silencio y meditación a este libro que con toda razón tiene de título el superlativo, Cantar de los cantares es lo mismo que “El mejor cantar” o “El Cantíssimo”. Cuántas veces a lo largo de estos tres últimos años he tenido que cruzar la Capilla del Santísimo de nuestra Catedral para desplazarme de una capilla lateral próxima hacia el coro del presbiterio. La piel de cerámica con la que el felanitxer ha decidido recubrir las tres paredes del ábside se me ha quedado como muy grabada en el iris. También Barceló ha contextualizado su obra en un inmenso parque temático, en un jardín de naturaleza ubérrima.

También en la Capilla del Santísimo se ha dado cita toda la flora de la isla, ahí están las berenjenas y las calabazas, las sandías y los melones, los higos, las uvas, los pimientos y los limones, hasta las lechugas. Y citada ha estado la fauna toda del Mediterráneo que nos circunda, y se ven las rayas y los rapes, los pulpos y las morenas, las almejas, las lubinas, los gallos y las lampugas, hasta las sardinas. Y hasta una ola azul de la bahía se ha metido dentro y allí, como puesta de pie y tiesa el agua, ha quedado inmortalizada, y se siente el oleaje y se oloriza y más de un alga se ha quedado pegada en los vitrales.

Obviamente que hay diferencias sustanciales. La palabra del Cantar se hizo Palabra de Dios al hombre, mientras que la obra de Barceló es obra de hombre para Dios. También hay diferencias menores, si en la obra de Barceló destaca por su tamaño el pez espada que se sale de mar, en la de Salomón destaca la figura del palomo que se esconde en las rendijas de las peñas y que se arrulla con su hembra para dar a su gesto el nombre de “bacio columbino”.

Diferencias que, en toda caso, no deben borrar otras tres coincidencias más. En ambos, el agua ejerce un gran papel, aunque en Salomón sea de manantial y de mar en Barceló. Ambas composiciones movilidad, inquietas están las escenas. El movimiento es, en Barceló, más vertical mostrando el ímpetu ascendente del Resucitado que del lugar de las calaveras en el suelo sube a convertirse en árbol luliano de vida en el vitral central. En el Cantar es, sobre todo curva y danza: “Vueltas, más vueltas, girar, Sulamita, vueltas, más vueltas, que todos te miran”

Y la coincidencia del hambre. El humano tiene dos hambres fundamentales: la de la supervivencia y la de convivencia. Con la primera empieza Barceló siguiendo la narración de san Juan, los que estaban con Jesús llevaban días sin comer y requerían como solución para llevarse a la boca el pan tierno recién cocido en el horno cálido de las manos del Señor. El Cantar se inicia con el hambre de amor, esta menesterosidad de los corazones ávidos de comulgarse las carnes, y por eso también el Cantar se inicia con algo para llevarse a la boca. Si el Cantar empieza con un beso, “¡Que me cubra de besos con su boca”, la capilla del Santísimo culmina su mensaje con “Yo soy el pan de vida”. Los que con hambres empezaron, con besos y con panes concluyen.

   
 
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