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La Catedral de Mallorca es un balcón por donde el misterio asoma a nuestra tierra.
Claridad de la piedra.
Espacio y silencios.
Olor del agua marina que se vierte por los ventanales.
Las huellas del tiempo.
Vida y muerte.
Misterio del Absoluto-con-nosotros, de aquel amor más fuerte que la muerte que quiso plantar su tienda entre las nuestras.
Misterio de la belleza siempre antigua y siembre nueva.
La poesía, hija del misterio, ha inventado palabras para decir aquello que solo puede ser presentido:
“Catedral del mar”.
“Catedral de la luz”.
“Catedral del espacio”.
“Catedral de los rosetones...”.
La intervención del artista Miquel Barceló en la capilla del Santísimo, recientemente terminada, proporciona la ocasión para que un nuevo calificativo se añada a la lista: “Catedral de la eucaristía”
Con acierto.
Veámoslo.
Nos situamos en medio del portal mayor.
Sin prisas, leemos el libro que se abre ante nuestros ojos.
Al fondo, donde el espacio conduce nuestra mirada hasta su puerto natural, tres ábsides. Que ponen punto final a tres grandes naves.
La mayor, cuya longitud es de 75,52 ms.; de una anchura de 19,40; y alta hasta los 43, 74 ms.; las dos menores, a izquierda y derecha, de 10,03 de anchura y 30,17 de altura. En total, cerca de 6.600 ms. cuadrados... Ciertamente, grandiosas.
En la cosmovisión judeocristiana, tres es un número simbólico. Expresa totalidad, integridad, acabado, perfección.
Lo hallareis a menudo en nuestra Catedral: tres vitrales en el ápice de la capilla de la Trinidad; tres rosetones en la fachada de levante; tres más al fondo... al servicio siempre de la luz... con la finalidad de que el peregrino posea la claridad necesaria para aprender el difícil arte que enseña a ver las viejas cosas de siempre con los ojos nuevos de la fe... Hay más... Los maestros albañiles que levantaron estas paredes, amaban el misterio de los números. Y les gustaba jugar con ellos: el cinco, el siete, el ocho... todos ellos cargados del sentido que la tradición descubre en la matemática. No lo olvidemos: para los antiguos pensadores griegos, el número formaba parte de la estructura de la realidad. Y comprenderlo, era entender el secreto de la vida y de la muerte.
Tres naves.
Tres ábsides.
Contienen una lección que le conviene aprender al peregrino que se adentra en esta casa para mirar, celebrar, rogar, solazarse…, abismarse en el misterio.
Vamos a hablaros de esta lección. Solo un poco. Para no ser obstáculo para vuestra contemplación.
Empezaremos por el ábside del lado del evangelio, a la izquierda, mirando al presbiterio. Llamamos a esta capilla “del Corpus Christi” por el retablo que la preside.
También denominado el “rey de los retablos de La Catedral”, ocupa toda la pared del fondo (10,10 x 8,35ms.) y es obra del escultor Jaume Blanquer (1581? – 1636), en sustitución de otro anterior dedicado a San Mateo, del siglo XIV. Por lo que sabemos, debió concluirse en 1641.
Una primera llamada a la atención del contemplador: nuestra Catedral es un animal vivo.
No solo renace constantemente por el milagro de la luz indefinible. Crece, cambia, adquiere cosas nuevas con el paso del tiempo. Y las pierde, ve como se destruyen, se deterioran y envejecen hasta desaparecer... Se transforma. Constantemente. Tiene una biografía propia. Rica. Única. Inédita.
La intervención de Blanquer, nueva y original, suscitó entusiasmos y... con toda probabilidad, no pocas censuras.
Es el precio de la difícil relación entre lo Viejo y lo Nuevo, descrita en el evangelio.
El retablo entonces actual, pasa de moda; ya no gusta; es la hora de otras formas de ver y vivir la vida. Otros estilos se sobreponen a los anteriores... Alguien, en nuestro caso, una familia acomodada, los Anglés, cuyas armas se preocupan de colocar bien a la vista, encargan a un artista de fama una nueva ornamentación.
El resultado: una maravilla del renacimiento mallorquín, austero en su exuberancia, luminoso y elocuente. Como nos gusta a nosotros, gentes del Mediterráneo. Como somos. Capaz todavía de cautivarnos y de hablarnos desde su silencio.
Mirémosle.
Poco a poco.
Disfrutando del encanto del detalle.
Busquemos sus matices.
En el lugar de honor, la representación de la Última Cena con que Jesús responde al absurdo de un desastre inminente. De acuerdo con la tradición cristiana, la primera eucaristía. Para nosotros, una seña de identidad. Nuestro tesoro más preciado. El lugar de la experiencia de la resurrección. De donde mana nuestra esperanza. Y donde enraíza nuestra caridad.
Los discípulos, compañeros de fatigas del Jesús, formando un plano inclinado, para facilitar la visión, crean un círculo abierto, pensado para resaltar la figura del Maestro de Nazaret, que ocupa el centro de la escena. San Juan, fiel al texto evangélico, reclina su rostro sobre el pecho del Señor: interrumpe el movimiento circular y proporciona así al conjunto una extraña viveza. La mesa, bien dispuesta. Y, en primer plano, Judas, sosteniendo la famosa bolsa identificadora de su malaventuranza.
El autor sabe que se trata de un momento decisivo en la vida de Jesús.
La conciencia lúcida del final provoca en Él la urgencia de un último intento antes de darlo todo por perdido.
Conoce la distancia que le separa de los discípulos, amigos del alma, y, sin embargo, tan lejos de entender lo que está a punto de pasar.
Quiere comunicarles un secreto: su secreto. Aquello que ha dado sentido a una vida y que está a punto de ser causa de su muerte. Con la esperanza de que, aunque ahora no comprendan, más tarde, redescubrirán el gesto, recuperarán las palabras, volverán a encontrarse junto al pan y el vino... Y recordarán.
Y el recuerdo se convertirá en memoria.
Y podrán vencer el miedo.
Y entrarán en el Sepulcro.
Y, en la casa de la muerte, descubrirán la victoria de la vida sobre la muerte. Porque el Sepulcro estará vacío.
Aprenderán así que hay un amor más fuerte que la muerte.
Entonces Jesús podrá morir tranquilo. Seguro de haber hecho lo que había que hacer.
La Última Cena: Jesús que responde con dignidad serena al pánico del absurdo.
La Última Cena: la propuesta de una felicidad que se confunde con el don de la vida por amor. Anuncio de una nueva forma de ser en el mundo.
La Última Cena: el rostro del único Dios que merece ser tenido por Dios: el Amor sin límites. Una semilla de vida sembrada en la dura tierra de la humanidad.
La Pasión entera se insinúa en el gesto de Jesús que parte el pan y hace pasar la copa.
El autor de nuestro retablo ha querido expresarlo a su manera: los pies de los dos discípulos situados en la cabecera de la mesa conducen la vista del espectador a la escena del juicio de Jesús.
Al fondo, la cruz.
Jesús, de pié, luminosamente desnudo, un poco desplazado hacia la izquierda, como si nuestro autor quisiera insistir en su marginalidad. Rodeado de hombres hostiles, cada uno sosteniendo una acusación en la mano. Preside el poder de siempre: la razón política del Imperio, que no puede admitir otro absoluto fuera del César; la razón teocrática de Israel, que no puede creer en un Dios que se declare a favor del marginado, del condenado, del rechazado.
Y a pesar de todo, la belleza se decanta definitivamente por el pobre reo, condenado antes de ser juzgado.
E invita a ponerse de su parte.
De nuevo, el misterio.
Que el artista dice.
Que el artista nos dice.
Para que también nosotros, como los discípulos, comprendamos y aprendamos.
Y tomemos partido.
Y, de eucaristía en eucaristía, nuestra fe se torne confianza en la victoria definitiva de la víctima sobre el verdugo de turno.
Difícil de digerir, ciertamente.
Imposible en la circunstancia de cualquier tiempo.
Por eso, hay que añadir el altar.
De dimensiones amplias (2,76 x 0,88), el frontal de estuco se atribuye a un monje de la Cartuja de Valldemossa. Que pintó pasajes del Antiguo Testamento, adornados con los símbolos clásicos de la eucaristía: las espigas y los racimos de uva.
La historia de Jesús no es nueva: hunde sus raíces en la historia de la Utopía. Otros, antes, saben del amargo sabor de las lágrimas. Y, a pesar de todo, han mantenido la confianza en su Dios: en la vida, más fuerte que la muerte. Y por eso, todavía existe hoy la esperanza. Tejida paso a paso por los amigos de Dios.
Uno de éstos fue Abraham.
Tres momentos de su biografía ha reproducido el monje cartujo en el frontis del altar.
Tres escenas de una historia interesante.
A la izquierda (Gn 18,1-5), una cena. Abraham y tres nómadas del desierto, que acoge en su tienda, bajo la encina. Y con quien comparte lo que tiene. Y se produce el milagro: el misterio. Pensando abrir su casa a seres humanos, de hecho, son ángeles los que entran por su puerta. Y la acogida de Abraham obtiene una respuesta desproporcionada, a la medida del Dios-Vida-de-la-Vida: “tu mujer tendrá un hijo, en su esterilidad desgarradora”. Y Abraham recupera el futuro. Y con el futuro, la sonrisa.
La iglesia cristiana ha visto en este episodio de la hospitalidad del desierto la intuición de algo más profundo: compartir, dar, darse, abrirse a la indigencia del otro, es sembrar vida alrededor. Es establecer el contacto con Dios. Una vez más: el rostro del pobre, rostro del ángel. Rostro del Dios de Abraham.
En medio, Abraham y Melquisedec, acompañados de sus soldados (Gn 14,18-19). Una batalla. Abraham, vencedor. Comparece un personaje importante, desconocido hasta ahora: “sin padre ni madre ni generación”, nos dirá la tradición posterior: una forma de expresar su actualidad, más allá del tiempo, significativa del rechazo de la violencia por parte del Dios de la vida. Alguien cuyo nombre, también significativo, es: Melqui-sedec. Es decir: mi rey es la misericordia. Y Abraham y Melqui-sedec, en la tierra violenta y peligrosa de entonces, establecen un pacto de mutua ayuda. Y el signo de esta paz necesaria para el buen funcionamiento de la vida es una ofrenda de pan y de vino.
También en esta escena ha visto nuestra tradición cristiana la semilla de lo que se celebra y agradece en la eucaristía: Dios, a favor de la humanidad. Dios creador de condiciones para la paz. Dios preocupado por el bienestar del hombre y de la mujer en esta tierra dura. El futuro que se abre en el horizonte tan a menudo espeso de nuestro quehacer humano.
Finalmente, el sacrificio de Abraham (Gn 22), tan malentendido y peor explicado: la pretendida voluntad de un Dios arbitrario que sumerge a alguien en el dilema más áspero: o su Dios o su hijo. No es así. No. Más bien se trta de un proceso de aprendizaje. Abraham se toma en serio su fe. Desea mostrarle a su Dios la radicalidad de esta fe: quiere ofrecerle lo mejor. Y, sin duda, lo mejor es Isaac, el hijo único, garantía y promesa, futuro y esperanza, en un mundo donde la vida después de la muerte todavía está por descubrir. Abraham se dispone a hacer lo que hay hacer. Lo que habría hecho cualquier hijo de vecino en sus circunstancias… pero Dios detiene su mano. No es Dios de muerte, el Dios de Abraham. Ni de violencia. Tampoco y mucho menos un Dios frívolo que juega con los sentimientos del hombre como quien se aprovecha de su prepotencia insultante. No. Dios quiere la vida: abundante, como las estrellas del cielo. Y la arena de las playas. Porque es la Vida-de-la-vida. He aquí lo que Abraham ha terminado por comprender.
Naturalmente, nuestra tradición lee este pasaje de la Biblia como alusión al significado de la muerte del Hijo de Dios. Jesús primero y la iglesia cristiana más tarde, deberán descubrir el sentido del sufrimiento a la luz de un Dios intuido como Amor. Que no escribe para nosotros el guión de nuestra vida sin nosotros. Sino que, incluso en el sin sentido del dolor, se mantiene a nuestro lado para abrir espacios de esperanza y libertad. También aquí, una vez más, el misterio.
Buena teología de la belleza en la belleza de las imágenes.
Nuestro retablo dice más.
Blanquer realiza su trabajo después de Trento. El catolicismo de entonces era sensible a determinadas matizaciones de los contenidos de la fe. Que hay que expresar con claridad para instruir al contemplador. No lo olvidemos: el arte, al servicio de la fe. Como su mejor expresión. Que no empequeñece la libertad del artista. Sino que le proporciona una dimensión nueva, grandiosa al conectarlo directamente con la dimensión oculta del Totalmente – Otro, del Siempre-Más: al conectarlo con el misterio.
Él y sus colaboradores quieren subrayar el lugar central de la fe. E insistir en su importancia: por eso, la escena lateral cuenta la caída del caballo de San Pablo, el apóstol por excelencia, convertido de perseguidor en perseguido gracias a un encuentro de extrañas intensidades con el Señor resucitado. Y añaden la memoria de los mártires, que dan la vida por la fe. Pero la fe sin la acción transformadora acaba por convertirse en autocontemplación solipsista y peligrosa. De aquí la referencia a las obras de misericordia, certificado de garantía de la fe, por medio de la figura de un santo repartiendo pan a los pobres y curando las heridas de los marginados.
Una última referencia: el retablo contiene las imágenes de todos aquellos santos y santas que la familia que lo ha costeado ha querido colocar aquí. Porque llevan sus nombres. O porque les recuerdan los orígenes, la devoción de sus antepasados, las raíces: todo aquello que da razón de la singularidad de los donantes. Concesión al deseo de eternidad y perpetuación de nuestra extraña condición humana. Que hasta a la belleza pretende convertir en ostentación. Una nueva lección para el contemplador: nada está exento de tentación. San Antonio, que ocupa un lugar importante en la parte superior del retablo lo dice muy claro. La vida es lucha contra el mal. A nosotros corresponde sacar consecuencias. Y concluir: todo es recuperable por el milagro de la belleza hecha gracia.
Un primer momento, pues, en la exposición plástica del misterio de la eucaristía.
Vamos ahora al altar mayor, verdadero corazón de la Catedral.
Ocupa el centro del enorme presbiterio, plantado en el ábside llamada Capilla Real, debido al interés que mostraron los sucesivos reyes de nuestra corta dinastía: hasta dieciséis veces se hallan grabados sus escudos por los muros que la conforman. Aquí se celebraron las exequias de Jaume II (1311) y la coronación del rey Sanç (1311), la de Jaume III (1324) y la de Pere el Ceremoniós (1343). En realidad, una pequeña iglesia: 24,5 ms. de longitud; 15,87 de anchura; 28,30 de altura.
La última intervención significativa en su estructura fue obra de Antoni Gaudí, acabada y bendecida por el obispo mallorquín P. J. Campins el día de la Inmaculada del año del Señor mil novecientos cuatro, hace ahora poco más de un siglo. Otra de las sorpresas que nos reserva nuestra Catedral.
A nosotros nos interesa la referencia a la eucaristía.
Desde hace setecientos años, todos los días, todos, no ha dejado de actualizarse aquí la Cena del Señor en la misa conventual que los Canónigos y el clero de la Catedral celebran sobre la piedra santa del altar.
Actualización, que significa deseo y voluntad de asumir aquello que Jesús quiso decir a sus discípulos en el momento solemne de su despedida. Presencia de una ausencia: la del Maestro siempre dispuesto a salvar, transformar y liberar el mundo en la dirección del Reino. Intercesión por nuestra sociedad y por todos los que la forman. Vivencia de la resurrección que hace nacer a la Iglesia y crea espacios para la esperanza y la caridad... todos los días, todos, hasta hoy, el milagro de la vida surgida de la muerte...
Por eso resulta tan apasionante la historia de este altar, la mesa que hermana a los católicos mallorquines desde hace tantos siglos.
La enorme piedra de alabastro (3,07 ms.. de longitud; 1,71 de altura; 0,615 de gordura) es la misma que el año 1269 fue consagrada por primera vez. La sostienen ocho columnas de mármol blanco, más otra, en el centro, de la cual hablaremos inmediatamente.
Que sepamos, fue consagrado, al menos cuatro veces: en 1269, por el obispo Pere de Morella; en 1346, por Berenguer Balle; en 1746 por el obispo José de Cepeda y, finalmente, en 1905 por P. J. Campins, terminada la restauración de A. Gaudí.
Los delincuentes de estos pagos solían correr a besarlo cuando se sabían perseguidos y buscaban refugio en la Catedral para escapar a la justicia. Cuenta la tradición que el Virrey Felip de Cervelló, por los días de octubre de 1546, violó este derecho: ordenó encarcelar a algunos asilados, y los hizo ejecutar. Por esta razón, se vio obligado a regalar al Capítulo una rica capa valorada en más de cien florines... en penitencia. Otros tiempos, otras costumbres... Idéntica necesidad de protección del débil... soluciones que no dejan de ser curiosas...
Seguimos.
Una columna diferente de las demás. Acabamos de mencionarla. De mármol. Su origen, para algunos, en el siglo VI. La forma y la decoración geométrica, muy simple, son típicamente bizantinas. Para otros, de origen árabe: ¿proveniente de la antigua mezquita? Tal vez. En el lugar donde ahora se ubica la Catedral de Mallorca, nuestros más antiguos antepasados, durante generaciones, levantaron templos y celebraron cultos a Alguien a quien los humanos han buscado expresar con la palabra “dios”, cuya etimología se hunde en la experiencia de la luz. Como si hubiesen intuido que nosotros, eternos viajeros “sin puerto ni ribera”, necesitamos un plus de ayuda para ver claro y orientarnos en el difícil camino que conduce al paraíso perdido. Pues bien, esta columna tiene una forma muy sugerente: ancha en la base, se estrecha hasta dejarse envolver por una anilla que la abraza, a partir de la cual vuelve a buscar la anchura de su pié. Un haz de piedra. Una gavilla que simboliza el núcleo de nuestra fe: de las raíces de la tierra, el deseo y la voluntad hacia que del caos construye cosmos en el tiempo; del corazón de la Trinidad, de lo alto, el movimiento que empuja a Dios hacia la humanidad; al encontrarse, el círculo –uno de los sueños de perfección de los antiguos poetas- que dibuja el mundo y su historia, a medio camino entre el ser y la nada; eterna tensión del sí y el todavía no; entre el superhombre y la bestia, lugar donde acaece la trágica maravilla del vivir... y del morir. Dios hecho hombre para que el hombre y la mujer puedan llegar a ser dioses. Sosteniendo, pues, el altar, la llamada a la apertura, a la trascendencia, a la comprensión del tiempo y del espacio como construcción del futuro de Dios.
El altar se encuentra rodeado por la sillería del coro. Ciento diez asientos, curiosa e interesante muestra de la libertad de los artistas que lo bordaron, en su intento de poner al servicio de la fe aquellos elementos culturales más “modernos”: fueron decorados a base de motivos florales y del bestiario fantástico del siglo quince. Atrevidos en las formas y en la expresión de las figuras, habida cuenta de que están pensados para el culto y la plegaria... Sabían que la vida, en su sorprendente riqueza, es uno de los atributos del Dios que deseaban honrar.
Al fondo, la sede episcopal, sobre siete peldaños de mármol italiano, flanqueada por dos leones, símbolo de la fuerza y de la vigilancia del buen pastor. Probablemente fue fabricada el mismo año de la primera consagración del altar, en 1269, en tiempo del obispo Pere de Morella. Más tarde, cuando otro obispo, Berenguer Balle, decidió la remodelación del presbiterio, fue colocada en el lugar actual. Gaudí, genial como siempre, quiso que los obispos de todas las épocas tuviesen una clara conciencia de su función en el seno de la comunidad eclesial y para que no se sintiesen amos y señores, sentados en un trono, pintó en las paredes más próximas a su sede el árbol genealógico del episcopologio mallorquín, entre palmas y ramos de olivo. De este modo les decía que solo eran una anilla más en la larga cadena de los siervos inútiles del evangelio. Importantes, sí; pero solo un eslabón.
Así pues, el altar rerpresenta el vínculo de unión entre los pastores, obispo y presbíteros, y el pueblo de Dios que aquellos deben servir. Precisamente para que se haga realidad –estilo de vida- la eucaristía que se realiza todos los días en este lugar.
Sobrevolando el altar, cubriéndolo con su sombra, otra genialidad de Antoni Gaudí: el baldaquín, este círculo distorsionado, de sorprendente belleza, que señala la centralidad del lugar en referencia al conjunto de la Catedral. Espigas y racimos de uva, distribuidas profusamente, recuerdan la conexión de la eucaristía de hoy con la Cena del jueves santo. Mientras que el Calvario esculpido en la parte delantera introduce la memoria de la Pasión de Cristo. La ternura de María y la amistad fiel del discípulo Juan, ambos de pie junto al crucificado, sostienen la esperanza en la resurrección: lo mismo que se repite en el altar. En conjunto, unos brazos abiertos para la acogida; una invitación a concentrar la mente y la mirada; una forma de iluminar de inmensidad la acción que tiene lugar sobre la piedra del altar mayor.
Un segundo momento, pues, que despliega los contenidos de la teología eucarística.
Falta el último.
Desde muy pronto, una vez logrado el reconocimiento público del cristianismo, los obispos, al acabar la eucaristía dominical, repartían a los presbíteros concelebrantes pan consagrado para que lo hiciesen llegar a los enfermos impedidos de participar en la reunión de la comunidad. Un bello gesto, significativo de la unidad y de la unión de todos los miembros del grupo. Y un recuerdo entrañable de los desvalidos en el momento más intenso de la vida cristiana.
Más tarde, y con la voluntad de disponer de la eucaristía para confortar a los agonizantes y acompañarlos en su último viaje, se conservó el pan en un lugar digno y honroso: el sagrario. Poco a poco, sobre todo como reacción a la Reforma Protestante, el sagrario fue tomando una nueva importancia como lugar de la presencia del Señor entre nosotros. Y fue objeto de un culto entrañable y lleno del afecto de los creyentes. Por eso, en muchas iglesias se construyeron lugares especialmente destinados a la reserva del pan consagrado para facilitar la adoración y la plegaria de los fieles. En nuestra Catedral, se hizo en la capilla que ocupa el ábside del lugar de la epístola, a la derecha del presbiterio, llamado por esta razón Capilla del Santísimo. En siglo XIV, estaba dedicada a San Vicente Mártir. Pero un siglo más tarde la encontramos bajo la advocación de San Pedro. En el año 1819 sufrió un incendio que destruyó rápidamente el retablo barroco del siglo XVI, que había sustituido al anterior, y deterioró gravemente la bóveda y los muros. Las obras de restauración duraron cerca de veinte años. El resultado fue un nuevo retablo de estilo neoclásico, acabado el año 1839 obra de Rafel Marzal y de Miquel Torres. Ocupaba el lugar central un óleo de Salvador Torres, alusiva al Primado del apóstol Pedro. De aquí el nombre de capilla de San Pedro con que aún la hemos conocido nosotros. En el suelo se abren las sepulturas de los Infantes Pere de Portugal (muerto el 1256) y Pagano de Mallorca (muerto el 1349), ambos benefactores de nuestra Catedral. También fueron enterrados aquí los arzobispos Pere de Alagón (+1701) y Josep Miralles (+1947), los obispos Alfonso Lasso Sedeño (+1607), Baltasar de Borgia (+1630), Antoni Collell (+1363) y Jesús Enciso (+1964). Cuando ya habían comenzado las obras de la actual remodelación, fueron colocados en esta capilla los despojos del obispo Teodor Úbeda (+2003). También reposa en ella el obispo mallorquín de Ibiza Francesc Planas (+1985).
El Concilio Vaticano II actualizó las coordenadas del culto a la eucaristía, señalando sus dos dimensiones fundamentales: memoria de la celebración de la Cena del Señor Resucitado, con todo lo que esto significa para la vida de los cristianos. E impulso para la transformación de la sociedad en la dirección del Reino. Recuperando la perspectiva bíblica como punto de referencia, releía la tradición en esta clave. Los textos de Juan y de los evangelios sinópticos alusivos a la multiplicación de los panes y de los peces o la transformación del agua en vino en las Bodas de Caná sirvieron de referente privilegiado a la hora de suscitar en los miembros de la comunidad cristiana la auténtica devoción –que quiere decir adoración y voluntad de seguimiento- a la presencia real del Señor en el sagrario. Para nosotros, mallorquines creyentes, enamorados del mar y amantes de nuestro Dios, ha significado una bella metáfora de estos dos amores: como el mar, que siempre está allí, silencioso, fiel, siempre, también el Señor Resucitado permanece grandioso, humilde, atento, paciente, presente siempre: porque están siempre, yo puedo también encontrarlos siempre. Porque están siempre, forman parte de nuestro paisaje cotidiano. Porque están siempre, son a la vez el aire que respiramos. Aunque no siempre les dediquemos el tiempo que merecen. Sin embargo, ¿qué sería de nosotros si, ambos, nos faltaran?
Fue esta memoria viva de uno de los núcleos de la fe cristiana lo que movió al obispo Teodor Úbeda y al Capítulo de la Catedral a plantear la reforma de la capilla de San Pedro con la finalidad de que expresara en su iconografía la teología querida y promovida por el Vaticano II.
Así nació el proyecto, ahora finalizado, de ofrecer a Miquel Barceló la oportunidad de realizar esta iconografía. El resultado no necesita demasiada explicación: una maravilla del arte contemporáneo, que se añade a la riquísima historia de nuestra Catedral, por nosotros definida más arriba como un “ser vivo”, que cobra una mayor intensidad vital en cada una de las obras que hace suyas.
Miquel ha sabido jugar muy acertadamente con los temas teológicos que se le pidió que plasmara en las paredes de la vieja capilla.
En un esfuerzo exitoso de decir aquello que es inefable, ha colocado un icono de Cristo resucitado en medio de la composición, grandiosa y fascinante. En eterna pugna con el caos de la muerte. De una mancha blanca, oportunamente moteada con el rojo de las llagas, emerge el alma de la materia y se lleva consigo la muerte, el deseo plasmado en unas manos y establece el centro a partir del cual encuentra su lugar el resto: el hechizo del mar; la superabundancia del pan, del vino y de los frutos de nuestra tierra. Abundancia, sin embargo, que no suprime la miseria siempre sorprendente de la nada y, por tanto, provoca la necesidad de dejarse llevar más allá del presente, hacia una luz extrañamente misteriosa, que se filtra tenuemente a través de los vitrales abiertos a la luz mediterránea. El caos, también una vez más, convertido en cosmos. El huerto vencido por el jardín. El silencio. Y la penumbra.
No es preciso decir más. Nosotros, ponemos fina a nuestra meditación: hemos llegado al tercer momento de la grandiosa descripción de la eucaristía que expresa nuestra Catedral. Y que nos conduce a la adoración de la Vida de la vida desde la memoria de un amor más grande que la muerte. |