La religión, ¿tiene algo que ver con la epidemia?

 

Gabriel Amengual

 

En estos días la información del coronavirus tapa prácticamente cualquier otra información. No es extraño, porque su repercusión es grande y por tanto también el interés no solo periodístico que suscita. Pero no solo produce información, sino también muchos comentarios, opinión, consejos, interpretaciones, relatos e historias, datos y documentación, cifras y estadísticas, hipótesis y tesis, propuestas políticas y técnicas tanto de sanidad como de trabajo social, oenegés y voluntariado. En torno al hecho se crea toda una nebulosa de palabras que a veces quizás enturbie la visión de las cosas, porque desvían la mirada. El ruido no nos deja sentir la voz. Por eso a veces es conveniente hacer una especie de reducción fenomenológica, es decir, poner entre paréntesis todos los comentarios y las interpretaciones, los juicios, para poner atención a los hechos, a la cosa misma. Este me parece un primer ejercicio de reflexión necesaria.

La cosa misma son las víctimas de la dolencia y su contagio, es decir, los enfermos y los moribundos, los fallecidos y los que se encuentran en peligro, quienes tienen cuidado, tanto los familiares y el personal sanitario como también los servidores públicos; la reducción de la actividad laboral y económica a los que hacen posible la distribución de los alimentos y medicamentos y tanta gente que se ha quedado sin trabajo y que, si ya vivía en precario, ahora se encuentra en la indigencia. Todo esto ha interrumpido nuestra vida de cada día, ha producido una ruptura de la rutina diaria, tanto laboral como familiar, social y económica, una ruptura que pone de manifiesto nuestra fragilidad y precariedad, a pesar del progreso y los adelantos. Somos humanos solamente.

Que la pandemia no consiga que no se vea lo evidente. No cerremos los ojos a las evidencias. ¿Es la masa de muertes, la que nos hará abrir los ojos? ¿O una vez más convertiremos la muerte, la enfermedad, el sufrimiento en números, en datos estadísticos, curvas ascendentes o estables o descendentes? ¿No parece que la pandemia está trastocando nuestro mundo social? Tenemos un sistema sanitario que cuida de los enfermos, un sistema de residencias para los mayores, un sistema educativo para los niños y jóvenes, para que cada uno pueda recibir la atención pertinente, que no es posible que reciba en casa. Pero quizás de este modo los tenemos fuera de casa y tantas veces fuera de la vista y del corazón.

Y ahora es como si nuevamente los tuviéramos en casa, como si ahora todos se hicieran masivamente presentes en nuestras vidas. Más todavía, se han hecho presentes los difuntos y tantos que sufren su enfermedad o fallecimiento, por el esfuerzo redoblado de su cuidado, esfuerzo y pena de ver que no damos abasto. Y nosotros encerrados en casa, sin llegar a los que querríamos ni poder atender como nos gustaría. El mismo personal sanitario en estado de estrés por la sobresaturación de trabajo, y de un trabajo que a menudo lo ven acabar en fracaso, que tantas veces hacen ver la impotencia de los medios, además de su escasez. Situación límite de nuestra capacidad, situación de impotencia.

¿Qué puede decir la religión? ¿Tiene alguna palabra a decir y una acción a hacer? Desde la sociología de la religión hay una función reconocida a la religión, que ejerce casi en exclusiva, y es su capacidad de dar sentido, incluso -o precisamente- en los momentos extremos, en las situaciones límite, aquellas que rompen el curso de la vida normal, donde no caben teorías ni racionalizaciones.

Dar sentido tiene varios significados según el lugar y la aplicación. Puede significar consolar, estar a su lado, acompañar y sufrir con el enfermo, el moribundo, sus familiares; puede ayudar a aceptar, asumir e incluso integrar dentro de la propia vida acontecimientos rompedores, inesperados y que no encajan en el normal curso de la vida, como pueden ser una enfermedad, una discapacidad innata o adquirida, una muerte; esto lo puede hacer, en último término, basada en la certeza que ni la enfermedad ni la muerte ni ninguna contrariedad de la vida nos separa del amor de Dios (Ron 8,38s.), un amor tan radical y firme que movido por este amor Dios ha entregado su propio Hijo, que él, a pesar de todo, continúa acompañándonos y estando a nuestro lado y que, por lo tanto, a pesar de todas las desgracias, nuestra vida tiene futuro, tiene sentido, es querida. Pero, por otra parte, consolar también puede significar poner de manifiesto las desgracias que estas situaciones comportan y las exigencias que imponen: no banalizar las cosas, ayudar a los necesitados, poner las manos, pero también no atribuir a la naturaleza aquello que es un déficit de la previsión y organización, etc. Dando sentido la religión nos enseña a mirar a los ojos del sufrimiento y la muerte, superar tabúes, no esquivarlos cómo si no pertenecieran a la vida, sino afrontarlos porque precisamente ellos nos dicen mucho sobre el contenido de la vida, tal como hacen los márgenes que circunscriben las cosas y señalan su contenido.

Si toda la vida tiene que ver con Jesucristo y su evangelio, no hay duda que tiene mucho que ver en estas situaciones que sacuden nuestra vida y la ponen contra las cuerdas, al límite de nuestras capacidades de comprensión y acción. Tomar conciencia de la escisión, la quiebra, la interrupción de la vida, nos puede llevar a superar la unidimensionalidad y parcialidad, el empobrecimiento de nuestra vida, a superar convenciones y tabúes, los protocolos sociales y la opinión establecida. Incluso nos puede mostrar que una vida sensata y lograda no es la vida de éxito en este mundo convencional, que hay vida más allá del horizonte socialmente convenido. La religión genera reflexión, nutre la reflexividad propia de nuestra modernidad en estado de riesgo continuo y que ahora vivimos de manera especialmente aguda.

Si efectivamente estos días nos hemos topado con el sufrimiento y la muerte, una de las preguntas de nuestra reflexión podría ser esta: como vivir nuestra vida ante el hecho de la muerte. La visión religiosa nos abre a la trascendencia, pero no tanto a otro mundo, sino a un mundo que puede ser de otro modo, a aquello que el evangelio denomina el Reino de Dios, que está entre nosotros, que vive en nosotros, aunque es un don de Dios, porque brota de Dios mismo, del amor que Él nos tiene y que de manera tan radical y patente nos muestra en la pasión, muerte y resurrección del Señor que estos días celebramos.

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