La pandemia ¿una situación límite?

 

Gabriel Amengual

 

La noción de "situación límite" fue introducida en 1919 por Karl Jaspers en el lenguaje filosófico, que con el tiempo se ha ido popularizando. En principio designa situaciones no acostumbradas, a las que no se les pueden aplicar los medios y medidas habituales para dominarlas. Jaspers en su Filosofía de la Existencia la emplea para designar situaciones en las que el ser humano topa de manera definitiva, inevitable y no dominable con los límites propios de su ser. Estas situaciones las concreta en las experiencias angustiosas de dolor, culpa, destino, lucha, desconfianza, muerte. Son situaciones en las cuales se juega la existencia, situaciones últimas que no pueden ser cambiadas ni obviadas.

Estas situaciones hacen nacer la filosofía. Así como para Aristóteles la admiración y para Descartes la duda fueron consideradas el origen de la filosofía, de manera parecida obran estas situaciones. Son situaciones que nos hacen pensar. De estas situaciones brota la experiencia de la trascendencia, por eso las denomina "cifras de trascendencia", signos que nos hacen mirar más allá del mundo de la vida habitual. Topar con los límites quiere decir también topar con el otro, con aquello que nos limita, que está más allá de nuestra existencia, con la otra parte de la frontera. El hombre está expuesto a crisis profundas, en las que de manera inevitable choca con sus límites. Son situaciones que el hombre no puede cambiar ni superar. Vejez, enfermedad y muerte no pueden ser anuladas.

Lo decisivo es la reacción del ser humano ante estas situaciones. Se puede reaccionar disimulando cómo si no pasara nada, cubriendo la situación con el velo de la indiferencia y del "aquí no pasa nada". También se puede reaccionar con la desesperación, ante una situación no dominable, que se nos escapa de las manos y de nuestras habilidades. Pero también es posible otra reacción, la reconstrucción, es decir, el retorno a sí mismo y la transformación de la autoconciencia, de forma que puede resultar una liberación, si el hombre acepta y asume la situación, aunque esto signifique un salto desde la desesperación -dada por la toma de conciencia de la situación no dominable- hacia ser uno mismo y la libertad.

Aterrizando a la situación de la pandemia del coronavirus, que nos ha puesto contra las cuerdas, nos ha hecho reconocer nuestros límites y ha puesto de manifiesto nuestra precariedad y finitud, podemos decir que pone a cuerpo descubierto nuestro sí mismo, aquello que somos desde lo profundo de nosotros mismos. Muchas acciones y funciones nos cubrían nuestra interioridad, que ahora queda al descubierto. El confinamiento se puede dar a conocer nuestra interioridad. Cada cual verá cómo reacciona, y, esta reacción, la piense y reflexione, porque quizás le muestre como es él mismo.

Ya ha sido comentado que en estos días abundan las acciones de ayuda a los otros, acciones desinteresadas poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, habilidades y cosas. De mil maneras distintas parece que esta situación límite saca lo mejor de nosotros mismos. Esto ya debe ser signo de que desde la dispersión habitual hemos vuelto a nosotros mismos, centrándonos en aquello que realmente importa. Si la situación nos hace descubrir nuestro interior y nos ayuda a valorar lo que importa más que lo que es habitual, más que aquello que hacemos sea por rutina o porque viene dado por el ambiente o por el hilo de la vida cotidiana. Solo desde la interioridad, es decir, desde la deliberación y decisión personales (y teniendo en cuenta la necesidad objetiva) podamos discernir lo que es importante. Y así podemos sacar lo mejor de nosotros mismos.

Si la situación es realmente límite y la vivimos como tal, nos hará descubrir nuestra finitud, es decir, que nos liberará de creernos unos prometeos, pensando que con nuestra acción ya hemos cambiado el mundo y que todo está a nuestro alcance. La conciencia de la finitud es liberadora, nos hace ser lo que somos, y nos pone en contacto con el Infinito. Toda cosa limitada lo es porque limita con otra, tiene sus fronteras que la circunscriben. En la otra parte de la frontera se encuentra el otro con quien confinamos. España y Francia se limitan mutuamente, entre ambos países hay un límite o frontera que circunscribe cada uno de los dos países. Los limita y a la vez los pone en contacto. Una cosa parecida pasa en las relaciones entre la finitud y la infinitud. La finitud es limitada, pero a la vez está en contacto con el que nos confina, con el Infinito. Este, por su parte, nos limita y nos topamos con Él; pero como que el Infinito no es otro cualquiera, no es un más dentro del mundo, sino que es Infinito, esto quiere decir que nos engloba; nos pone los hitos y a la vez nos hace ser.

Este Infinito se puede hacer presente en toda salida de nosotros mismos: salida hacia el otro y hacia el Otro, en mayúscula. No en vano el cristianismo ha unido el amor a Dios y al prójimo, ambos configuran la trascendencia, la salida y el encuentro con el Infinito.

Con todo esto no se pretende más que notar que la invocación del Infinito desde la experiencia de la finitud no es solo una cuestión psicológica, sino ontológica, fundamentada en el ser mismo del finito y del Infinito. Sentir la finitud, sentirnos en una situación que no dominamos -la experiencia psicológica- tiene toda la razón del mundo de llevarnos al Infinito. Más aún cuando para nosotros el Infinito tiene nombre: es el Dios Padre, que hace que la relación sea de confianza y amor. Que la situación límite nos lleve a nuestro ser más profundo y desde él levantamos el corazón al Padre Nuestro que nos ama. Desde este encuentro con Dios Padre brotará espontánea la solidaridad con todos los necesitados, la empatía con los que sufren y en general con todos los que nos rodean y los que sabemos que están dando su esfuerzo y su saber para atender a los enfermos. La experiencia del Infinito, de la trascendencia, de Dios, conlleva la apertura y la vinculación con el hermano.

Gabriel Amengual

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